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viernes, 24 de abril de 2009

Los alimentos terrestres, Libro primero I

Mi perezosa dicha, que dormitó
Largo tiempo, se despierta...
HAFIZ.



No desees, Natanael, encontrar a Dios en otra parte que en todas.
Todas las criaturas indican a Dios, ninguna lo revela.
Desde el instante en que nuestra mirada se detiene en ellas, todas las criaturas nos apartan de Dios.
En tanto que otros dan y publican o trabajan, yo pasé tres años de viaje, olvidando, por el contrario, todo lo que había, aprendido con la cabeza. Este olvido fue lento y difícil; pero me fue más útil que todas las enseñanzas impuestas por los hombres, y verdaderamente el comienzo de una educación.
Nunca sabrás los esfuerzos que hemos tenido que hacer para interesarnos por la vida; pero ahora que ella nos interesa, será como todas las cosas: apasionadamente.
Yo castigaba alegremente a mi carne, experimentando más deleite en el castigo que en la falta -tanto me embriagaba el orgullo de no pecar simplemente-.
Suprimir en uno mismo la idea de mérito; hay en ello un gran tropiezo para el espíritu.
... La incertidumbre de nuestros caminos nos atormentó toda la vida. ¿Qué podría decirte yo? Toda elección es espantosa cuando se piensa en ella: es espantosa una libertad a la que no guía un deber. Es una ruta que hay que elegir en un país desconocido por todas partes, en el que cada uno hace su descubrimiento y, obsérvalo bien, no lo hace sino para sí mismo; de modo que la huella más incierta en el África más ignorada es menos dudosa todavía. .. Florestas umbrosas nos atraen; espejismos de fuentes todavía no agotadas... Pero más bien estarán las fuentes en donde las hagan fluir nuestros deseos; pues el país no existe sino a medida que lo forma nuestra proximidad, y el paisaje de alrededor se va disponiendo poco a poco delante de nosotros; y nosotros no vemos el extremo del horizonte; y hasta cerca de nosotros no hay sino una sucesiva y modificable apariencia.
¿Mas por qué comparaciones en un asunto tan grave? Todos nos creemos en el deber de descubrir a Dios. Pero aunque esperamos encontrarlo no sabemos, ¡ay!, adonde debemos dirigir nuestras plegarias. Luego se dice, en fin, que se halla en todas partes, no importa dónde, el Inhallable, y nos arrodillamos al azar.
Y tú serás, Natanael, semejante a quien siguiera para guiarse una luz que tendría él mismo en su mano.
Adondequiera que vayas no puedes encontrar sino a Dios. Dios, decía Menalcas, es lo que está ante nosotros.
Natanael, lo mirarás todo al pasar y no te detendrás en parte alguna. Dite a ti mismo con razón que solamente Dios no es provisional.
Que la importancia esté en tu mirada, no en la cosa contemplada.
Todo lo que guardes en ti de conocimientos distintos seguirá siendo distinto de ti hasta la consumación de los siglos. ¿Por qué le atribuyes tanto precio?
Hay provecho en los deseos, y provecho en la saciedad de los deseos, puesto que aumentan con ella. Pues, te lo digo en verdad, Natanael, cada deseo me ha enriquecido más que la posesión siempre falsa del objeto mismo de mi deseo.
Me he consumido de amor, Natanael, por muchas cosas deliciosas. Su esplendor procedía de que yo ardía sin cesar por ellas. No podía casarme. Todo fervor causaba un desgaste de mi amor, un desgaste delicioso.
Hereje entre los herejes, siempre me atrajeron las opiniones descartadas, los extremados rodeos de los pensamientos, las divergencias. Cada espíritu sólo me interesaba por lo que hacía diferir de los otros. Llegué a desterrar de mí la simpatía, no viendo en ella sino el reconocimiento de una emoción común.
De ningún modo la simpatía, Natanael, sino el amor.
Obrar sin juzgar si la acción es buena o mala. Amar sin preocuparse de si se ama el bien o el mal.
Natanael, yo te enseñaré el fervor.
Una existencia patética, Natanael, más bien que la tranquilidad. No deseo otro descanso que el del sueño de la muerte. Temo que para sobrevivirla me atormenten todo deseo, toda energía que no haya satisfecho durante mi vida. Espero, después de haber expresado en esta tierra todo lo que aguardaba de mí, satisfecho, morir completamente desesperado.
De ningún modo la simpatía, Natanael, sino el amor. ¿Tú comprendes, verdad, que no es lo mismo? Por temor a una pérdida de amor he podido a veces simpatizar con tristezas, fastidios y dolores que si no apenas habría soportado. Deja que cada uno cuide de su vida.
(No puedo escribir hoy porque una rueda da vueltas en el hórreo. La vi ayer, batía colza. La cascara volaba; el grano caía al suelo. El polvo sofocaba. Una mujer daba vueltas a la muela. Dos apuestos muchachos, con los pies desnudos, recogían el grano.
Lloro porque no tengo más que decir.
Sé que no se comienza a escribir cuando no se tiene más que decir que eso. Pero, no obstante, he escrito y seguiré escribiendo otras cosas sobre el mismo tema.)

Natanael, me gustaría darte una alegría que no te hubiese dado todavía ningún otro. No sé cómo dártela y, no obstante, poseo esa alegría. Quisiera dirigirme a ti más íntimamente que como lo ha hecho todavía ningún otro. Quisiera llegar a esa hora de la noche en que sucesivamente habrás abierto y luego cerrado muchos libros, buscando en cada uno de ellos más de lo que te haya revelado; hora en la que esperas todavía; en la que tu fervor va a convertirse en tristeza por no sentirse sostenido. Sólo escribo para ti; sólo escribo para esas horas. Quisiera escribir un libro del que te pareciera ausente todo pensamiento, toda emoción personal, en el que no creyeras ver sino la proyección de tu propio fervor. Quisiera acercarme a ti y que me ames.
La melancolía no es sino fervor recaído.
Todo ser es capaz de desnudez; toda emoción, de plenitud.
Mis emociones se han abierto como una religión. Tal vez comprendas esto: toda sensación es de una presencia infinita.
Natanael, te enseñaré el fervor.
Nuestros actos se ligan a nosotros como su fulgor al fósforo. Nos consumen, es cierto, pero nos dan nuestro esplendor.
Y si nuestra alma ha valido algo es porque se ha quemado más ardientemente que otras.
Yo os he visto, grandes campos bañados con la blancura del alba; lagos azules, yo me he bañado en vuestras olas y que cada caricia del aire riente me haya hecho sonreír es lo que no me cansaré de repetirte, Natanael. Te enseñaré el fervor.
Si yo hubiese sabido cosas más bellas son ésas las que te habría dicho; ésas, por cierto, y no otras.
No me has enseñado la sabiduría, Menalcas. De ningún modo la sabiduría, sino el amor.

Menalcas es peligroso; témelo; se hace reprobar por los sabios, pero no se hace temer por los niños. Les enseña a no amar ya únicamente a su familia y a abandonarla lentamente; enferma a su corazón con un deseo de agrios frutos salvajes y lo inquieta con un amor extraño. ¡Ah, Menalcas!, contigo habría querido seguir recorriendo otros caminos. Pero tú odiabas la debilidad y pretendías enseñarme a abandonarte.
Hay extrañas posibilidades en cada hombre. El presente estaría lleno con todos los porvenires si el pasado no proyectase ya en él una historia. Pero ¡ay! un pasado único propone un único porvenir, lo proyecta ante nosotros, como un puente infinito en el espacio.
No se está seguro de no hacer nunca sino lo que se es incapaz de comprender. Comprender es sentirse capaz de hacer. Asumir la mayor cantidad posible de humanidad: ésa es la buena fórmula.
Formas diversas de la vida: todas me parecisteis bellas, (Esto que te digo es lo que me decía Menalcas.)
Espero haber conocido todas las pasiones y todos los vicios; por lo menos los he favorecido. Todo mi ser se ha precipitado hacia todas las creencias; y estaba tan loco ciertas tardes que casi creía en mi alma, tan cerca de escapar de mi cuerpo la sentía - me decía también Menalcas.
Y nuestra vida habría estado ante nosotros como ese vaso lleno de agua helada, ese vaso húmedo que sostienen las manos de un calenturiento que quiere beber, y que lo bebe de un trago, sabiendo muy bien que debería esperar, pero sin poder rechazar ese vaso delicioso para sus labios, tan fresca es esa agua, de tal modo le pone sediento el ardor de la fiebre.
Yo sentí por Menalcas más que amistad, Natanael, y apenas menos que amor. Lo amé también como a un hermano.

miércoles, 22 de abril de 2009

Yo tambien estuve en Firenze

supongo que algo de luz hay




Mi primer poema en este blog

Y llegó el día
en que no importa como
se rompen ilusiones, sueños,
se quiebran lágrimas,
la sangre golpea las sienes
y siempre te preguntas porque?

y llegó el día
en que el corazón
salta por la boca
y te ahoga, te aprieta,
y quieres morirte y desaparecer,
y se apaga hasta la luna

y llegó la noche
en que cada minuto
es mas lento que el anterior,
y cuento las horas
con los ojos abiertos,
y me abrazo a la almohada

y llegó la noche
en la cama la soledad,
mis manos agarran tu imagen
mis labios besan tu sombra
y arranco a llorar
entre tanta oscuridad.

los alimentos terrestres, un libro de Gide, claro, primera entrega

Prólogo
PRÓLOGO DE LA EDICIÓN DE 1927
Julio de 1926
Es usual que se me encierre en este manual de evasión, de liberación. Aprovecho esta nueva salida para presentar a nuevos lectores algunas reflexiones que permitirán reducir la importancia del libro al situarlo y motivarlo de una manera más precisa.
1º Los alimentos terrestres son el libro, si no de un enfermo, por lo menos de un convaleciente, de un curado, de alguien que estuvo enfermo. Hay, en su propio lirismo, el exceso da quien abraza la vida como algo que estuvo a punto de perder.
2º Escribí este libro en un momento en que la literatura olía furiosamente a artificio y encierro, cuando me parecía urgente hacerla tocar tierra de nuevo y colocar sencillamente en el suelo un pie desnudo.Hasta qué punto este libro contrariaba el gusto de la época es lo que hizo ver su fracaso total. Ningún crítico habló de él. En diez años se vendieron exactamente quinientos ejemplares.
3º Escribí este libro en el momento en que acababa de asentar mi vida mediante al casamiento; cuando enajenaba voluntariamente una libertad que mi libro, obra de arte, reclamaba tanto más al mismo tiempo. Y cuando lo escribí, yo era, no es necesario decirlo, completamente sincero; pero igualmente sincero en el mentís de mi corazón.
4º Añado que pretendía no quedarme en este libro. Señalaba las características del estado flotante y disponible que pintaba, como señala un novelista las de un personaje que se le parece, pero que inventa; y hasta me parece ahora que no señalé esas características sin desprenderlas de mí, por decirlo así, o, si se prefiere, sin desprenderme de ellas.
5º Se me juzga corrientemente por este libro de juventud, como si la ética de Los Alimentos hubiese sido la de toda mi vida, como si, yo el primero, no hubiese seguido el consejo que doy a mi joven lector: "Arroja mi libro y abandóname". Sí, yo abandoné al instante al ser que era cuando escribí Los Alimentos; hasta el punto de que si examino mi vida, el rasgo dominante que observo en ella, lejos de ser la inconstancia, es, por lo contrario, la fidelidad. Creo que es infinitamente rara esa fidelidad profunda del corazón y del pensamiento. Pido que se me nombre a quienes antes de morir pueden ver realizado lo que se habían propuesto realizar y ocupo mi lugar junto a ellos.
6° Una palabra más: Algunas personas no saben ver en este libro, o no quieren ver en él, sino una glorificación del deseo y de los instintos. Me parece que son un poco cortos de vista. Yo, cuando lo vuelvo a abrir, lo que veo en él es más bien una apología de la privación. Eso es lo que he retenido de él, abandonando el resto, y a eso es precisamente a lo que sigo siendo fiel. Y es a eso a lo que, como referiré a continuación, he debido unir más tarde la doctrina del Evangelio, para encontrar en el olvido de mí mismo la realización más perfecta de mí mismo, la más alta exigencia y el más ilimitado permiso de dicha."Que mi libro te enseñe a interesarte por ti más que por él mismo, y luego por todo lo demás más que por ti". He aquí lo que podías leer ya en la introducción y en las últimas frases de Los Alimentos. ¿Por qué obligarme a repetirlo?

A.G.
No te dejes engañar, Natanael, por el título brutal que he tenido a bien dar a este libro; hubiese podido llamarlo Menalcas, pero Menalcas, como tú, nunca existió. El único nombre de hombre con que hubiese podido cubrirse este libro es el mío propio, pero entonces, ¿cómo me habría atrevido a firmarlo?Me he puesto en él sin aderezos, sin pudor; y si a veces hablo en él de países que no he visto, de perfumes que no he olido, de actos que no he realizado -o de ti, Natanael mío, a quien no he encontrado todavía-, no es por hipocresía, y tales cosas son más mentirosas que ese nombre, Natanael que me leerás, que yo te doy ignorando el tuyo venidero.Y cuando me hayas leído, arroja este libro... y sal. Quisiera que te hubiese dado el deseo de salir, de salir de no importa dónde, de tu ciudad, de tu familia, de tu habitación, de tu pensamiento. No lleves mi libro contigo. Si yo fuese Menalcas, habría tomado tu mano derecha para conducirte, pero tu mano izquierda lo habría ignorado, y habría soltado esa mano, estrechada lo más pronto posible, apenas nos hubiésemos hallado lejos de las ciudades, y te habría dicho: olvídame.Que mi libro te enseñe a interesarte por ti más que por él mismo, y luego por todo lo demás más que por ti.

Continuará con el Primer Libro I....

domingo, 19 de abril de 2009


continuamos con Gide

Mandamientos de Dios, habeis lastimado mi alma.
Mandamientos de Dios, ¿sois diez o veinte?
¿Hasta qué punto reduciréis vuestros límites?
¿Enseñaréis que hay cada vez más cosas prohibidas?
¿Nuevos castigos prometidos para la sed de todo lo bello
que haya encontrado yo en la tierra?
Mandamientos de Dios, habéis enfermado mi alma.
Habéis rodeado de muros las únicas aguas con que podían apagar mi sed.

viernes, 17 de abril de 2009

esta es mi página, entrar y divertiros si sabeis como

http://perso.wanadoo.es/prunieto/

algo de Alberti que me hubiese haber escrito

Elegía del niño marinero

Marinerito delgado,
alondra de la mar,
!qué fresco era tu pescado,
acabado de pescar!

Te fuiste, marinerito,
en una noche lunada,
!tan alegre, tan bonito,
cantando, a la mar salada!

!Qué humilde estaba la mar!
!él cómo la gobernaba!
Tan dulce era su cantar,
que le aire se enajenaba.

Cinco delfines remeros
su barca le cortejaban.
Dos ángeles marineros,
invisibles, la guiaban.

Tendia las redes, !qué pena!,
por sobre la mar helada.
Y pescó la luna llena,
sola en su red plateada.

!Qué negra queda la mar!
!La noche qué desolada!
Derribado su cantar,
la barca fue derribada.

Flotadora va en el viento
la sonrisa amortajada
de su rostro. !Qué lamento
el de la noche cerrada!

!Ay mi niño marinero,
tan morenito y galán,
tan guapo y tan pinturero,
más puro y bueno que el pan!

!Qué harás pescador de oro,
allá en los valles salados
del mar? ¿Hallaste el tesoro
secreto de los pescados?

Deja, niño, el salinar
del fondo, y súbeme al cielo
de los peces y, en tu anzuelo,
mi hortelanita del mar.

jueves, 16 de abril de 2009